El mismo barco visto de tres cuartos desde la rambla, con el fuste de un farol cortando la composición al medio.
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Acá el formato es apaisado y el barco entra de costado, con las cubiertas superiores y los vidrios verdes del salón panorámico ordenados uno tras otro hasta perderse en la fuga. El farol de la rambla cruza la obra de arriba abajo en negro pleno: es una decisión de encuadre, no un estorbo, y funciona como el elemento que devuelve al espectador a tierra firme. A la derecha, la galería de arcos de la terminal y los cabos tensados hacia el muelle arman la profundidad. Abajo, la vereda y el borde del agua se resuelven en ocres sucios y toques de figura mínimos. La paleta es la misma de la serie: azules fríos contra el blanco del papel, con el rojo del bandín como único acento.